fbpx

Vuelo de amor

pajaro volando

Casi un año había pasado desde que Ingrid, una noble y bella águila, le había pedido a la diosa Naturaleza, un plazo de tiempo para elegir a su pareja. De entre todas las aves que se encontraban reunidos para encontrar a su pareja en ese día de San Valentín, tres águilas le propusieron su amor eterno a Ingrid. A lo largo del año, Ingrid pasó tiempo con los tres; el primero, el más destacado entre los demás y que parecía ser la mejor promesa, se acercó a ella antes que nadie.

—Quédate en mi nido unos meses, y si no te he enamorado para entonces, si no te he servido adecuadamente, mi soberana, te libraré de mi presencia y podrás intentarlo con mis inferiores— el águila real no había preguntado, parecía ser más una instrucción. A lo que Ingrid, un poco incómoda, no supo como reaccionar y siguió lo que esos ojos penetrantes instruían.

Durante la estancia en el nido del águila real (en la cima de un pino Alepo colosal) Ingrid se había sentido más inútil que adorada. El águila la alababa día y noche, cuando llegaba al nido, sin permitir participación alguna en la labor diaria. Cazaba por ambos, volaba por ambos, a pesar de que Ingrid, siendo una grandiosa hembra, estaba más capacitada para hacerlo; argumentaba que su belleza se alteraría con labores tan vulgares. Ingrid se aburría en el nido mientras el águila se ausentaba, de la mañana a la noche miraba el volar de otras aves, deseando ser una de ellas, o al menos cazarla. En especial, admiraba a una alondra que se alzaba en vuelo con un dulce canto. Un día la interrumpió.

—Ey, dulce alondra, ven a mi nido, ¡no temas! No pienso herirte—la alondra se voló cautelosa, temiendo un posible engaño— ¡Envidio la libertad que atraviesan tus alas! Por favor, hazme compañía con tu bello canto, ¡ayúdame a recordar al viento entre mis alas!

Ingrid había encontrado entretenimiento con su nueva amistad. El águila real, sim embargo, llegaba cada noche más indiferente. Los elogios habían tomado un estilo monótono, vacío; Ingrid dudaba de las palabras tan serias que el ave había pronunciado alguna vez. El tiempo pasó, sin cambios y la hermosa águila estaba lista para dejar el nido.

—Pareciera que prefieres tu soledad, eres apático ante mi presencia; al final, ¡soy yo la que te librará a ti y no al revés!

—Vete, pues; te he amado en la mejor de las maneras posibles, pero el nivel que buscas es absurdo. —reprendió la orgullosa ave.

La alondra ayudó a reubicar a Ingrid a un tierno nido, en las ramas de un pino de tamaño mediano. A pesar de la tristeza que embargaba al ave, la compañía de su alondra y la autonomía que tenía de vuelta, ayudó a que no pasara mucho para reponerse. Al poco tiempo, la segunda ave que había manifestado su amor, llegó al árbol. Era un águila harpía, su aspecto sombrío había causado una mala impresión en Ingrid en un principio, comparada con la aparente calidez dorada del águila precedente. Lo que comenzó con lentitud, pronto terminó en cariño. Las visitas de la harpía eran cada vez mejor recibidas por Ingrid y, al paso del tiempo, las águilas se habían comprometido.

Pasaban juntos todo el tiempo que podían. No podían separarse sin sentir ansiedad que los obligaba a volver uno al otro. La alondra extrañaba a su amiga y le cantaba todas las mañanas, manteniendo una distancia pertinente. El amor tan intenso que sentían comenzaba a consumirlos, al punto de ignorar los horarios de caza y descanso.

—Nos amamos profundamente, ¡pero esto no puede seguir así! Sin comer, sin tener espacios privados, es necesario separarnos— Ingrid temía sentirse inútil de nuevo, aunque de manera muy distinta.

—  Si me abandonas, no podré seguir viviendo— la harpía no la miró en ningún momento, Ingrid sólo se fue.

Volvió sola a su nido y la alondra, aunque ya era tarde, permanecía dormida en el nido, esperando a que su amiga llegara. Ingrid se acomodó a lado de la pequeña ave y lloró hasta el amanecer. La alondra la consoló.

El corazón le pesaba diario, tanto que le era imposible volar. La alondra se preocupaba con ella y no se despegaba del águila ni un segundo. Faltaban tan sólo unos meses para que se cumpliera el plazo de la Naturaleza e Ingrid fuera forzada a tomar una decisión definitiva. No le quedaba otra opción más que intentar entablar una buena conexión con el pretendiente restante.

El águila no llegaba. Habían pasado varías semanas y no había señal alguna de él. Por lo que, Ingrid decidió tomar vuelo con el fin de encontrarlo. Se alejó bastante del árbol donde anidaba y llegó a las orillas del mar; en el acantilado, detectó un nido gigante con una cabeza blanca en su interior. Aterrizó con delicadeza en un peñasco cercano y llamó al águila calva.

—¡Oye, tú! Eres el tercero que me elogió ante la diosa Naturaleza, ¿no es así? ¿Qué haces aquí, tan relajado, sin acudir a mi encuentro?

—Esperándote— contestó, malhumorado— cada vez que iba a buscarte, con otro te encontraba.

Ingrid se sintió culpable ante esta declaración. Bien sabían las tres águilas de la competencia a la que se enfrentaban y, sin embargo, el águila calva consiguió que Ingrid se condenara por su pasado. Debido a esto, esa noche permaneció junto a la amargada ave; sin dormir, no le había avisado a su alondra de su paradero. En la mañana, cuando Ingrid pretendía ir a avisar a su amiga de su nuevo hogar, una garra impidió su partida.

La alondra tenía días sin encontrar a su amiga; su pequeño tamaño y su reloj biológico matutino, le impedían contar con la energía suficiente para recorrer grandes distancias.

El día de San Valentín había llegado nuevamente, el plazo se había vencido. Aves de todas las especies se reunieron frente a la Naturaleza y esperaron la llegada de Ingrid. Las horas pasaron e Ingrid no aparecía, todos los candidatos estaban presentes excepto uno. La alondra llegó alborotada, con un canto desconsolado, pues había encontrado a Ingrid en su búsqueda exhaustiva, su cuerpo tirado en una pradera solitaria.

Con su pico le extirpó los ojos, le arrancó sus plumas, cortó su vuelo por siempre.  A Ingrid la mató un supuesto amor. Aquel tampoco sobreviviría por mucho tiempo, la Naturaleza lo castigaría.

La respuesta que tanto habían esperado nunca llegó y las aves de la pradera se reunieron para honorar a esa noble águila. El cielo se pintó de colores acompañados por cantos tristes y bellos. Golondrinas, halcones, lechuzas, colibríes, petirrojos, ruiseñores, garzas, cisnes, grullas y alondras; eran las aves que reunían las plumas de Ingrid, esparcidas por toda la amplia pradera. El canto fue el más conmovedor que la tierra, hasta ahora, ha escuchado.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.